Miércoles, 02 Julio 2014 00:00

Un peregrino en Caroní

 
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El camino que siguió el Papamóvil después de la misa fue desde el Paseo Caroní hasta Sidor, a través de la avenida Guayana El camino que siguió el Papamóvil después de la misa fue desde el Paseo Caroní hasta Sidor, a través de la avenida Guayana FOTO ARCHIVO

El calor de ese día se conjugó con el calor de “un pueblo joven y lleno de esperanzas”. El júbilo era de alguien que tiene 24 años de edad. La arquitectura permitía desde una vista alta la panorámica que recoge la energía de una población: ríos y muelles, algunas urbanizaciones nacientes y al fondo la primera de las empresas básicas. El sol de entonces no amainó la determinación de hierro de más de 350 mil personas, ese 29 de enero, de 1985.

Ya desde las 5:00 de la mañana se oía el bullicio de 100 mil feligreses que esperaban el inicio de la eucaristía. No era cualquier misa. No era domingo. No era una fiesta en el calendario religioso. Era el inicio de una gira por Venezuela, Ecuador y Trinidad y Tobago. La joven Ciudad Guayana era la cuarta y última ciudad en el país en recibir al peregrino, un martes.

Hasta un kilómetro tuvieron que caminar los fieles “por donde se podía” para llegar a la explanada. La avenida Paseo Caroní estaba cerrada. Sólo hubo acceso a pie. 350 mil personas así lo recuerdan. Cielo: azul claro y brillante. Nubes: pocas y muy blancas. 8 mil 171 kilómetros distan entre la ciudad de un eterno verano y el invierno de enero de la capital religiosa de 700 millones de católicos para 1985, el Vaticano.

Estaciones
El viento ondea la casulla dorada del Vicario. Calor: presente; calidez humana… y divina, también. La ruta dicta que más tarde visitará Sidor, que almorzará con los trabajadores que estén de turno. Pero antes: la misa.

No hubo cantos gregorianos. La majestuosidad consistió en la sencillez de un pueblo solemne, una diócesis que él mismo, recién empezado su pontificado, había erigido el 20 de agosto, de 1979 con la constitución apostólica Civitas Guayanensis. Mil 994 días después, el 29 de enero de 1985, Juan Pablo II visita Ciudad Guayana, una urbe de apenas 24 años.

“Fue un sello que nos quedó a todos”, relata María Antonieta Perfetti, quien para entonces tenía 12 años y participó en el coro que cantó en la misa del Papa Juan Pablo II.

“La misa fue transmitida por el canal 8”, comienza su ejercicio de memoria. “A mi papá le tocó quedarse de guardia en la clínica; a mi mamá, en la casa. Mi hermano me llevó a la explanada”.

“Además del calor físico, era también la calidez del momento al ver el río de gente. Fue algo extraordinario. La gente decía: ‘Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”.

También rememora María Antonieta que vio el lema del Papa Totuus Tuus (Todo Tuyo, frase que su Santidad dedicó a la Virgen María). “Era su carisma, la sensibilidad, la ternura, el mantener la sonrisa constante… era algo que cautivaba. Sin hacer lectura de su discurso, ya envolvía a la persona. A mucha gente se le despertó ese día una vocación”.

“El trabajo ha sido hecho para el hombre, no el hombre para el trabajo”, resalta María Antonieta el mensaje que más hizo eco en ella; fue un Papa que habló con los trabajadores.

“Me quedé en casa de mis tíos, en La Querencia (un sector de Puerto Ordaz). Con mi hermano, nos fuimos a pie desde el (colegio) Gonzalo Méndez, por donde se podía caminar”.

“Dios está con nosotros”, conjuga en presente María Antonieta, aunque su experiencia con Juan Pablo II en lo que hoy se conoce como Explanada del Papa data de hace 26 años. No tarda mucho en explicar su gramática: “El Vicario de Cristo estuvo entre nosotros. Tengo la certeza de que siempre va a estar bendiciéndonos. Sobre todo, por estos días en que hay violencia en las empresas básicas, en la familia. Tengo la certeza de que tenemos a alguien que interceda por nosotros”.

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Tierra bendita
“Era la primera vez que llegaba un papa al país. Fue algo muy emocionante, muy especial saber que había escogido al Oriente. Había mucho entusiasmo. (Juan Pablo II) fue muy cercano al pueblo”, narra Mariano Parra Sandoval, actual obispo de Ciudad Guayana, y quien fue en 1985, rector del seminario de Cumaná, capital del estado Sucre.

De esa visita papal, Parra resalta también el hablar de Su Santidad con el mundo obrero.

“Nunca me imaginé que iba a tener el honor de ser obispo de esta diócesis y que se iba a construir una catedral”, cuenta en referencia al proyecto que empezó en 2002 y cuya edificación está paralizada. Problemas con las dos constructoras encargadas y el paro general de hace nueve años son algunas de las causas del retraso.

Adelanta Parra que la Fundación Catedral de Ciudad Guayana ya retomó el proyecto. Será el mismo que se planteó en 1988: una nave central, un vestíbulo, coro, oratorio, altar, campanario, baptisterio, estacionamiento, sacristía, curia, casa parroquial, residencias para cinco hermanas y una plaza. Aforo: mil 200 personas. 2 mil 563 metros cuadrados.

El terreno y la manzana completa donde está la parroquia Inmaculada Concepción, frente a la Plaza Bolívar, en San Félix fue -antes de considerarse la Explanada del Papa- el lugar ideado para la catedral de Ciudad Guayana. Este proyecto no se concretó porque implicaba 349 millones 200 mil bolívares (de los antiguos) más de lo presupuestado inicialmente, que fueron -para 1988- 758 millones 800 mil bolívares, además de la necesidad de expropiar las otras construcciones de la manzana.

El obispo agrega que también llegó a pensarse en levantar la catedral, donde actualmente está la mezquita, en la avenida Gumilla; así como también donde se ubica hoy el estadio la Ceiba.

El 24 de junio, de 1998, el Concejo Municipal de Caroní zonifica como uso religioso la UD 251, en Alta Vista. Allí hacía 13 años, un 29 de enero, en esa explanada, recuerda Parra: “Un santo pisó nuestra tierra”.

     
 

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Peregrinaje de Guayana
“Era otra época. Tenía 40 y tanto de años y una vitalidad… Era el supervisor general de las escuelas de Ferrominera. Mi esposa trabajaba en la escuela y me dijo: ‘¿Por qué no preparas un coro de niños?’ Yo ya preparaba coros, que si para Navidad, para el día de las Madres. Era una cosa que había aprendido desde pequeño con los padres salesianos, en Valencia”, revive los finales de 1984, Antonio Avinazar, encargado del coro de la misa papal.

“Me llaman a mí. ‘Profesor: ¿Qué podemos hacer? Viene el papa y no tenemos nada qué hacer’. El encargado de preparar la misa fue el padre Luis García Segura, que fue el párroco por muchos años en El Pao; fue el maestro de ceremonia y el presidente de la Comisión Litúrgica. Acordaron que la misa del Papa iba a ser cantada por el pueblo”.

“‘100 niños son suficientes’”, comenta Avinazar antes de agregar que esa cantidad se multiplicó y llegó a 900. “Eran 800, pero unos cuatro días antes, la hermana directora del Fe y Alegría La Asunción se me acercó llorando y preguntando por qué no los habíamos tomado en cuenta. Yo le dije: ‘¿Se saben las canciones?’. ‘Sí’, me contestó la hermana. ‘¿Están afinados?’ ‘Sí’, volvió a afirmar. Entonces le dije: ‘Espéreme mañana a las 8:30 de la mañana’. Y allí estuvieron en fila, organizados. Fueron otros 100”.

4 mil niños de primer a sexto grado se presentaron a las audiciones. Las instituciones educativas participantes fueron: Nuestra Señora de Fátima, Diego de Ordaz I y II, y los Fe y Alegría Puerto Ordaz y La Asunción, Nazaret y Loyola.

En la organización de la misa estaba una hermana que se llama Amanda Rivas y “me comenta: la gente de la Comisión Litúrgica y Episcopal no se ponen de acuerdo’. La hermana Amanda era la que conocían al niño de Caucagua, Adrián Guacarán. Vino el Papa y no se pusieron de acuerdo. Dijeron: ‘No vamos a discutir más, que lo decida el director del coro. Pero ellos no sabían que la hermana Amanda tenía contacto conmigo y ya había hablado conmigo”.

El intérprete
El pequeño Adrián había hecho la comunión un año antes y había entonado la canción de El Peregrino, que hizo llorar en la misa a monseñor José Alí Lebrún. “Ah no hermana Amanda, vamos a traer a ese niño para hacer llorar al papa”.

“Hubo un sacerdote que quiso interrumpir y se pasó la misa gritando ‘Viva el Papa’. ¡Todo el tiempo con eso, chico! Y fue quien me dijo que parara la música. ¿Cómo iba a parar yo eso? El niño cantó muy bien y al papa le gustó muchísimo y lo mandó a llamar”.

Por ocho minutos interpretó el pequeño Guacarán la balada El Peregrino al Juan Pablo II, mientras el pontífice repartía la comunión a 100 feligreses.

“Un día por las montañas apareció un peregrino. Se fue acercando a las gentes, acariciando a los niños. Acariciando a los niños. Y va diciendo, por los caminos: amigo soy, yo soy amigo. Sus manos no empuñan armas. Sus palabras son de vida. Sus palabras son de vida. Él llora con los que lloran, y comparte la alegría. Y comparte la alegría. Y va diciendo por los caminos: amigo soy, soy amigo. Reparte el pan con los pobres a nadie niega su vino”.

Al terminar de dar la comunión, el Papa vuelve a la sede del altar. Da una instrucción ex cáthedra. Y con la cabeza inclinada ligeramente hacia abajo, continúa la escucha con plácida mirada y con manos en el regazo. Levanta los ojos y trata de vislumbrar al pequeño que canta en su nombre y se refiere a él como “amigo”. Por un segundo, el sosiego contenido da paso a un único aplauso y aguarda la llegada del pequeño.

“‘Corre Adrián, corre’ Y salió corriendo”, describe Avinazar el momento en que el pequeño Guacarán terminó la canción y acudió al llamado del Papa.

… El cariño con que el padre recibe al hijo”, narraba el locutor del canal 8 ese preciso momento, el instante del abrazo. Esos segundos en que, con piel erizada, 350 mil personas hicieron retumbar la explanada con aplausos… el momento en que con lágrimas la ciudad de acero se ablandó por el encuentro con un peregrino.

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Publicado en la edición aniversaria de Correo del Caroní del 27 DE JUNIO DE 2011

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