Martes, 15 Mayo 2018 00:00

“Hay que preguntar cosas incómodas a gente que te odiará”

 
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Wolfe fue conocido por su perenne traje de blanco impecable Wolfe fue conocido por su perenne traje de blanco impecable FOTO CORTESÍA NY DAILY NEWS

@Melisilvafranco

¡Hazloooooooooo!

¡Hazlo!

¡Hazlo!

¡Hazlo!

¡Hazlo!

Tom Wolfe levantó sus manos delgadas y aristócratas, abrió sus ojos y movió los largos brazos de arriba hacia abajo en armonía con esta palabra repetida cinco veces, con tanto énfasis que no dejó espacio para la duda. Luego acomodó su impecable traje blanco, colocó las manos debajo de la mesa y se reconcilió con la tranquilidad típica de los 82 años de edad que lleva encima.

Para Wolfe, ésta es la clave para sobrevivir en la maratónica carrera de ser periodista: “No importa tu personalidad si trabajas para un diario. Siempre tendrás que preguntar cosas incómodas a gente que te odiará, pero eso es lo maravilloso. Ese es mi consejo: ¡Hazlo!”.

Esta escena se dio el pasado martes en Barcelona, ciudad española que Wolfe escogió para presentar su última pieza literaria: Bloody Miami (editorial Anagrama), un libro que trata de fotografiar el tema de la inmigración a través de la historia de un joven policía cubano que cree que se comporta con heroísmo al salvar a un presunto perseguido por el castrismo y se convierte en un traidor para su comunidad; la novia que lo abandona para liarse con un psiquiatra y un joven periodista que busca la gran historia que lo consagre.

Con la fidelidad a su técnica de investigación, este precursor del llamado “Nuevo Periodismo” se ha documentado muy extensamente y sobre todo ha hablado con mucha gente antes de ponerse a escribir su cuarta novela. Y esta es precisamente la esencia del trabajo de este periodista, la certeza de que cada línea está rigurosamente documentada.

Tom Wolfe nació en Virginia pero se autodenomina neoyorquino, y hoy es uno de los escritores y periodistas mejor pagado del mundo. Trascendió que para esta novela cobró 7 mil 700 euros por página. Es provocador, polémico y su seña de identidad desde 1962 es lucir sin falta trajes de color blanco, por lo que una vez se ganó que el novelista Norman Mailer le dijera que “sólo un imbécil podía ir eternamente vestido de blanco”. Y como si fuera poco, periódicos como The New Yorker lo detestan.

Esta contracorriente no causa ni cosquillas a Wolfe, quien se proclama como un gran escritor. Y así es recibido a los sitios donde va, por lo que en esta oportunidad España no fue una excepción. El clic incesante de las cámaras de más de 50 reporteros gráficos simulaban ametralladoras que Wolfe disfrutó durante más de 20 minutos desde que llegó a La Pedrera, una de las joyas arquitectónicas de Antoni Guadí situada en Paseo de Gracia, la avenida más exclusiva de Barcelona. Todo un bocado con sabor a glamour.

En el interior de esta insignia catalana, Tom Wolfe se sentó cómodo y dispuesto a contestar las preguntas para esta entrevista. Pero más pudo su instinto periodístico y comenzó él haciendo las preguntas:

- ¿Cuándo acabará la nobleza española?, ¿Es verdad que España aún mantiene un Rey?

- ¡Ahh! aquí ocurre como en Reino Unido que todavía no ha superado la separación de clases (…) En Estados Unidos hizo un buen trabajo el presidente Thomas Jefferson, quien cuando llegó a la Casa Blanca mandó a quitar todas las mesas del comedor que fueran cuadradas, y colocó mesas redondas. Eso acabó con el llamado “señores del salero” que consistía en que los más poderosos se sentaban más cerca de donde se encontraba el recipiente de sal y los más débiles más alejados. Fue un buen ejercicio.

Con Tom Wolfe es difícil conseguir una respuesta académica. Por el contrario, todo se basa en anécdotas personales que narra con entusiasmo y que acompaña con un largo historial de muecas y onomatopeyas.

Así que a través de anécdotas se presenta a continuación a uno de los padres de la crónica periodística:

Primera anécdota: Un gánster

“Mi primera misión como periodista fue para el periódico New York Herald Tribune. El editor me envió a Nueva Jersey para que entrevistara a la esposa de un gánster que llevaba días desaparecido. Cuando llegué a la casa del mafioso conversé con un hombre muy grande y fuerte que hacía de guardaespaldas, que por supuesto no me dejó atravesar la puerta para conversar con la mujer.

Así que cuando ya me disponía a desaparecer de la calle, alguien dentro de la casa comenzó a gritar a un periodista de televisión que llegaba, porque siempre la televisión ha tenido mejor bienvenida. Yo como pude logré colarme junto al equipo de televisión, me quedé a un lado esperando que el periodista televisivo hiciera las preguntas de siempre: ¿Cuándo fue la última vez que vio a su marido? ¿Cómo se siente usted ahora mismo? ¿Qué sensaciones tiene con respecto a su desaparición?

Una vez que se fue el equipo de televisión yo entré en escena y comencé a conversar con la mujer del gánster. Poco a poco fui haciéndole las preguntas difíciles y conseguí unas declaraciones sorprendentes en las que la mujer me argumentaba que su marido no podía ser un mal hombre por una serie de razones y situaciones que ella me fue detallando. Me dijo incluso que consideraba a su marido un buen hombre porque dedicaba muchas horas al día a la ebanistería, estaba tan convencida que me llevó al taller donde tenía las herramientas, debo confesar que era terrorífico.

Todas esas preguntas incómodas obtuvieron respuestas muy interesantes que lograron que yo volviera a la redacción con una historia increíble”.

Segunda Anécdota: El paraguas

Uno de los trabajos más reconocidos de Tom Wolfe fue la cobertura que realizó cuando Fidel Castro llegó al poder y le tocó vivir una de sus mayores experiencias:

“Yo trabajaba en The Washington Post cuando Castro tomó el control de la Isla. Entonces lo editores comenzaron a revisar los currículums de los periodistas que trabajábamos en la redacción. Yo había colocado que estuve cuatro años en la universidad estudiando español. Así que me enviaron a La Habana, sin saber que la única intención de las clases era conseguir leer El Quijote en versión original, así que te podrás imaginar qué tipo de español manejaba.

No podía hablar español, pero sí que podía leer la prensa comunista. Eran diarios de acción y con algunos artículos muy buenos. ¡Creo que nunca me había visto a mí mismo haciendo una defensa de la prensa comunista!”

- ¿Y llegó a Cuba vestido con un traje blanco como acostumbra ir a reportear?

-¡Qué va! En Cuba, el blanco se identifica con la clase dominante, con quienes tenían las plantaciones y si yo hubiese aparecido en la Isla trajeado de blanco eso me hubiese traído serios problemas.

Cuando mi editor me dijo que viajaba a Cuba, yo me fui a una tienda y me compré ropa que creía que era la que se usaba en Cuba. Pensé que lo más adecuado sería un traje azul y un sombrero de paja… Cuando empecé a bajar del avión la gente me gritaba: ¡Rudy Valle! ¡Rudy Valle! Por lo visto me parecía mucho a ese cantante.

- ¿Qué fue lo más difícil de esos días en La Habana?

-Yo me imaginé que en la Isla llovía mucho, así que siempre llevaba un paraguas, eso me convirtió en un hombre marcado porque luego me enteré que en Cuba ningún hombre que se considere como tal hace uso del paraguas. Era el único blanco que iba a todas las manifestaciones. Al principio pensaba que me iban a matar, pero luego me veían como algo exótico. Aprendí un montón de esos diarios de acción, de sus historias y noticias.

Tercera anécdota: La Miami de Smith

- Usted inicialmente quiso escribir sobre California. ¿Por qué terminó escogiendo Miami?

-Se escribe sobre cómo llega la gente, pero a mí me interesaba qué pasaba después. Primero pensé en las comunidades de vietnamitas en California, pero me encontré con el obstáculo del idioma. Miami, en cambio, era perfecto. No hay un crisol como esa ciudad.

Miami es la única ciudad que yo conozco en la que una comunidad de inmigrantes conquista política y culturalmente una ciudad. Y es la única ciudad del mundo en la que gente de otro país, con otro lenguaje y otra cultura, ha tomado el poder político en menos de una generación.

Miami es una amalgama donde nadie se mezcla. En los últimos años, muchos rusos se han instalado allí. Además, están los haitianos, los venezolanos, los nicaragüenses... Y todo el mundo odia a todo el mundo. Eso se refleja en mi novela.

- La novela cuenta con un personaje llamado John Smith, un periodista particular. ¿Hay algo de sus experiencias en este personaje?

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Me encanta ese nombre, John Smith. No puede ser más americano… Es el que era más habitual hace un tiempo. Ahora sería… ¿Pedro Rodríguez? Pero sí. Nunca había revelado tanto sobre mí mismo a través de Smith, que tiene una gran parte de mí mismo, y además es un hombre de lo más común, al menos hasta hace poco. 

     
 

Cinco frases y una reflexión

“Me decían que si hablaba tanto de la no-ficción era porque no me atrevía con la novela, así que escribí La hoguera de las vanidades. Pensaba que sería mi primera y última novela, pero tuvo tanto éxito que no pude resistir la tentación hacer otra. Y luego otra”.

“Hoy en día, si a un joven le pillan comprando un diario se muere de vergüenza. No hay nada menos cool que eso. Hemos vuelto a la comunicación tribal, cuando la gente veía una hoja impresa y pensaba que alguien quería engañarle. Ahora sólo interesa lo que se dice al oído, los cotilleos, y eso es lo que hacen los blogs, sirviendo rumores sin verificar. Es curioso, pero en 1940 se cubrían más noticias que hoy en día en Estados Unidos, porque había más reporteros y medios de comunicación. Así que si nos importan las noticias, la situación es preocupante”.

“Si hay una buena historia ya la conoce todo el mundo por la radio o la televisión o la ha leído en internet. Así que, cuando salimos, todo el mundo dice: “¿Qué es esto? ¿El periódico de ayer? Pero nosotros fuimos los únicos que fuimos a ver al policía y lo entrevistamos”.

“Los periodistas siempre son aquellos que en el patio del colegio eran humillados, o, al menos, apartados de los más populares, por lo que tenían que observar desde lejos para acabar teniendo información para poder integrarse. Aunque tengo que aclarar que yo jugaba bien al béisbol”.

“Que los hombres son diferentes que las mujeres lo ves en cómo se comportan en el lavabo. Un hombre jamás hablará a otro en un baño porque le a-te-rro-ri-za que puedan pensar que es gay. Bien, pues yo he tenido que hacerlo en más de una ocasión”.

“¡Hazlo!”.

 
     
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