El valor y la entereza de los ciudadanos de Berlín Occidental fue el golpe final para que la Unión Soviética, muy desprestigiada a nivel mundial por la implantación del bloqueo, se viera obligada a levantarlo unilateralmente el 12 de mayo de 1949.

“Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Iniciamos este artículo con la famosa y siempre recordada reflexión de Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana, filósofo, poeta y novelista español en lengua inglesa a propósito de conmemorarse el setenta aniversario del bloqueo de Berlín.

El pensamiento de Santayana aplica a los tiempos actuales en los cuales el tema de la ayuda humanitaria a países en crisis, acción esta que choca de frente en el campo de la geopolítica con los intereses de regímenes que buscan impedirla alegando no necesitarla, a pesar de que sus ciudadanos sufren de los rigores del hambre y la enfermedad y en consecuencia, de la carencia de alimentos y medicinas. De este modo, esta ayuda se ha convertido en el centro del debate político en escenarios propios e internacionales debido a que esos regímenes, a lo largo del tiempo y en la actualidad, han puesto muros de contención evitando que la misma llegue a los ciudadanos afectados.

Uno de los bloqueos que han dejado huellas en la humanidad contemporánea fue el ocurrido hace siete décadas, dentro del marco de la posguerra, en Berlín; una ciudad dividida y administrada por las potencias triunfantes sobre el nazismo: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la hoy desaparecida Unión Soviética. Señalan los datos históricos que el bloqueo comunista a la entonces antigua capital alemana se inició el 24 de junio de 1948 y concluyó el 12 de mayo de 1949.

El conflicto se originó a raíz de la reforma monetaria acordada por las potencias occidentales al cambiar el Reichsmark de la era nazi al Deustche Mark, con el objeto de darle estabilidad a la economía alemana que renacía de las cenizas luego de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, el Plan Marshall estaba en su apogeo impulsando la reconstrucción de las zonas alemanas colocadas bajo el control occidental, lo cual veía con recelo la Unión Soviética. De esta forma, la administración comunista, por órdenes del régimen de Moscú, a cuya cabeza estaba Stalin, se negó a aceptar la reforma y procedió a tomar medidas drásticas.

Así, los soviéticos cerraron todas las vías de acceso a la parte de Berlín bajo la administración occidental. Las autoridades comunistas establecieron un bloqueo total a las carreteras, ferrocarriles, ríos y caminos. El propósito era cercar y debilitar por hambre y falta de medicinas, así como carbón para la calefacción en invierno y otros bienes importantes, a los ciudadanos de Berlín Occidental. El fin último consistía en que más de dos millones de personas agobiadas por las penurias se rindiesen aceptando registrarse en la administración de racionamiento de Berlín Oriental, en manos comunistas, y así, tácitamente, formar parte de la zona soviética de Alemania.

Ante tal situación, las potencias occidentales en principio pensaron en la posibilidad de auxiliar a los berlineses enviando convoyes armados, pero tal idea fue desechada porque ello entraría en los cálculos perversos de los soviéticos, los cuales buscaban una confrontación armada, para luego justificar presuntas agresiones. Con lo que no contaban era la posibilidad de que Berlín Occidental fuese asistida por aire, y así ocurrió.

El comando aéreo de los Estados Unidos propuso y decidió el abastecimiento de la ciudad asediada a través de tres corredores aéreos legalmente establecidos. Se inició el histórico puente aéreo de Berlín el 25 de junio de 1948 con el aterrizaje del primer avión de carga C-47 en las pistas del aeropuerto Tempelhof de esa ciudad. Fue un proyecto en el que participaron la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, la Real Fuerza Aérea de Inglaterra, la Real Fuerza Aérea Australiana, la Real Fuerza Aérea de Nueva Zelanda y la Real Fuerza Aérea Australiana.

El puente aéreo de Berlín significó un desafío del mundo democrático al totalitarismo comunista, al cual no le importaba el sufrimiento de seres humanos que ya venían de haber soportado los rigores del nazismo y la destrucción de su país. De esta forma, con todo y lo arriesgado del plan, se suministraron unas cuatro mil toneladas de insumos al día, contabilizándose durante todo el bloqueo el vuelo de 200 mil aviones que le entregaron a los berlineses occidentales alimentos, medicinas, combustible, diversos productos de consumo, hasta chocolates y juguetes para los niños. Igualmente se transportó maquinaria pesada dividida en piezas, para ser utilizada en los trabajos de reconstrucción de una ciudad que había quedado en ruinas.

El valor y la entereza de los ciudadanos de Berlín Occidental fue el golpe final para que la Unión Soviética, muy desprestigiada a nivel mundial por la implantación del bloqueo, se viera obligada a levantarlo unilateralmente el 12 de mayo de 1949. Años después, nuevamente los comunistas erigirían el oprobioso muro de Berlín, con el mismo propósito de aislar y dividir por la fuerza a los seres humanos. Se calcula que entre 1945 y 1961 alrededor de 3,6 millones de personas habían abandonado el paraíso socialista alemán y muchas de ellas lo habían hecho utilizando a Berlín Occidental como vía de paso. Eso y la precaria situación económica de la Alemania comunista, aceleraron la torpe medida de construir el muro. Finalmente, la fuerza de la historia lo derrumbó el 9 de noviembre de 1989. Pronto se cumplirán treinta años.

Para concluir, unas palabras de Ludwig von Mises, escritor, economista y filósofo austríaco: “El socialismo no es pionero de un mundo mejor, sino destructor de miles de años de civilización. No construye, sino destruye. Porque la destrucción es su esencia. No produce nada, solamente consume lo que ha creado el orden social basado en la propiedad privada de los medios de producción”.

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