La gente ha dado batallas en la calle a lo largo de todos estos años. Sin embargo, en momentos de “tranquilidad”, no falta quien diga que la población es “pasiva”, que está “manipulada” o que está “resignada”.

En estos días alguien en las redes preguntaba cómo en Venezuela “aún van al cine” a lo que el consultado respondió: “porque insistimos en estar vivos y libres.”

En una tónica similar, la corresponsal Paula Newton de CNN no entendía, cómo aún en medio de la represión contra las protestas del 2017, había una iglesia llena de gente o un negocio reparando cauchos. Hacía su pregunta ante las cámaras para mantener la intriga de su historia, pero su gran duda más bien pasaba por arrogante. Porque como diría Hemingway, quien fue tan escritor como fue periodista, el asunto no es juzgar sino entender, y es ese el tipo de dudas que requieren de la mediación consciente del reportero.

En ambos comentarios,  es indispensable saber diferenciar una guerra convencional comparada a la de un gobierno contra la población civil a través del uso de la escasez, el hambre, las colas infames y la represión. Esa diferencia es lo que explica que la iglesia aún tenga un techo y que trabaje el que aún tenga espacio para hacerlo.

La gente ha dado batallas en la calle a lo largo de todos estos años. Sin embargo, en momentos de “tranquilidad”, no falta quien diga que la población es “pasiva”, que está “manipulada” o que está “resignada”. Pero aquí no puede haber equivocaciones. Por ejemplo, la población civil en las elecciones de la AN del 2015 demostró poder remontar las más brutales manipulaciones. La ciudadanía ha sido constante en su talante democrático, y es por eso que la comunidad internacional nos ha apoyado en el esfuerzo por restablecer el orden constitucional.

Hay que saber leer el silencio y la real o aparente indiferencia de la gente. Para algunos de ellos, estar tranquilos significa descansar, ahorrar energías, esperar el momento oportuno para defender sus derechos. Se trata de un tipo muy consciente de resistencia, la de adentro, cuando el ciudadano lucha por proteger  su estilo de vida y quién es.

De la misma manera es de cuidado no equivocarse con el liderazgo democrático, aquéllos quienes a lo largo de estos años han estado construyendo el camino de vuelta al orden institucional. Rumores van y vienen, y el régimen sabe sobre lo fácil que es intoxicar el ambiente, sembrar casquillo, dudas sobre la oposición con el objeto de debilitarla. Han utilizado el desespero, la agresión y desconfianza asociados al fantasma de “la viveza criolla”.

Yo anhelo ese día donde haya libertad de expresión y muchos de los líderes de oposición puedan abiertamente responder o comentar sobre las acusaciones y chismes de todo orden. Por ahora es preferible ponerse en sus zapatos y no pecar de deslenguados. Todo este atacar sin saber nos ha hecho mucho daño.

Pero de todos los líderes, el que me causa más curiosidad es Julio Borges, quien para mí es el político más misterioso de todos. Para algunos antipático, engreído, maquiavélico; despreciable para Rayma, Borges tiene un antes y un después, y es Dominicana. Es esa decisión la que ha revelado mucho más de él, repito, en medio de este ambiente de rumores nunca bien aclarados.

Es decir, Julio, si decides algún día escribir un libro, yo te lo compro.

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