Uno de los males endémicos que afectan a las sociedades contemporáneas y a la venezolana en particular, es la degeneración de la política en politiquería. Tal proceso ha producido, entre otras reacciones, el incremento del indiferentismo.

A la política como concepto se le define desde distintos contextos, así en su sentido amplio se le entenderá como aquella actividad orientada hacia la búsqueda, el ejercicio, la modificación, mantenimiento, preservación o desaparición del poder público. En su aspecto más estricto, la política vendría a ser el resultado expreso oficialmente en las leyes de convivencia de un determinado Estado. La política, de acuerdo a la opinión de investigadores en el tema posee una misión noble de consagración al interés general y de servicio a los demás, en tanto que la politiquería constituye el aprovechamiento egoísta del poder o de la posición pública para fines de vanidad o enriquecimiento.

A continuación anotamos una definición ampliada de politiquería que bien aplica a lo que la sociedad venezolana de los últimos tiempos padece: “En sus dimensiones de pequeñez y mezquindad, la politiquería carece de proyección histórica y de perspectivas ideológicas. Se desenvuelve en medio de la maquinación ruin, la vulgaridad, el mimetismo, el transfugismo, la ausencia de ideas y la carencia de ideales”. A lo cual se agrega lo que sigue: “Allí agota su acción el politiquero. El altruismo de la política es suplantado por el egoísmo de la politiquería. La perspectiva histórica por la visión inmediata de las cosas, la noble misión de servicio a la colectividad por el aprovechamiento personal”. La politiquería es una soez expresión de la inmoralidad y antiética en la política.

Y continúa esta definición puntualizando: “Con tan menguadas metas, la politiquería se desarrolla en medio de intrigas, maniobras, bajezas, impreparación y oportunismo de sus protagonistas”. Lo consecuencial a este tipo de situaciones es que se haya producido un clima de repugnancia a la politiquería; los politiqueros, que se han convertidos en vulgares mercaderes de la política, diríamos mercachifles, traficantes, que se valen de todos los trucos y engaños para mantenerse en el poder, no importa en cuáles instancias y parcelas. La práctica de la politiquería ha hecho que hombres y mujeres bien calificados abandonen el campo de lo político o de plano se nieguen a participar del mismo. Y como bien dicen los investigadores: “De acuerdo con la ley ineluctable que rige la vida pública de los Estados, con demasiada frecuencia los lugares vacantes son inmediatamente ocupados por la gavillas de politicastros audaces sin brújula ni bandera”. Ocurre en Venezuela.

El columnista Serafín Costa Polanco, en la edición digital de La Información señala: “La politiquería es la manera sucia de hacer política. Es confundir a los ciudadanos de que la única manera de ejercer tan alta dignidad de servicio es el robo, el soborno y la corrupción como es la compra de conciencias con falsas promesas y con dinero del mismo pueblo, sin escrúpulos, ni respeto humano y cristiano”. Son los demagogos de oficio.

Añade este autor a su análisis sobre la politiquería, elementos que desvelan el rostro de los politiqueros: “Cuando impera dirigir la nación sin escrúpulos, ni programas de gobierno a espaldas de los valores y las virtudes humanas y cívicas, huyen a comparecer a cualquier debate público para no ser interpelados y porque no tienen nada nuevo que ofrecerle al país. Cuando se persigue la felicidad de los que gobiernan a expensas de la miseria de los gobernados. Cuando los que gobiernan justifican sus mentiras, injusticias y robos a través de las amenazas y a la compra de la justicia. Cuando el participar en la política es expresión del deseo devorador de la posesión de lo público sin importar la persona humana, la familia y la educación”. Cuando eso ocurre y muchas otras cosas más, un país, una sociedad, estarán siendo devorados por lobos cubiertos con piel de oveja, que ofrecen sueños que luego devendrán en pesadillas. Y lo peor es que los salvadores luego se tornan en opresores. Los honestos en corruptos. Es la degradación de lo político.

Citando al papa Francisco, el columnista dirá: “El corrupto es como una lombriz que se mueve bajo la tierra y en la oscuridad”. De esos especímenes la historia contemporánea tiene mucho que decir en Venezuela. Pero como también apunta el filósofo hispano Fernando Savater ante la queja de muchos ciudadanos respecto a que son engañados por los políticos de oficio, vale destacar: “Es que no nos engañan, nos dejamos engañar. No podemos ser tan inocentes. Así es que cuando los políticos se estropean hay que cambiarlos por otros”. Igual en la Venezuela contemporánea hay muchas similitudes.

En un interesante trabajo sobre la relación entre la ética y la política, la profesora María de los Ángeles Yannuzzi, de la Universidad de Rosario, Argentina, plantea que la relación entre ambos factores, conceptos y elementos en la democracia moderna no deja de ser tensa y peligrosa, ya que esta última introduce un fuerte relativismo moral que, si bien permite la coexistencia en un plano de igualdad de las distintas concepciones propias de toda sociedad compleja, no puede ser sostenido en el campo de la política. Es allí, entonces, cuando el poder, al penetrar la dimensión ética se transforma en una mera forma de justificación del poder. La autora citada sostiene al respecto: “Esto es lo que hace que la constante tensión entre ética y política nunca tenga un modo único o, incluso satisfactorio de resolución. Solo la implementación de una lógica argumentativa que parta de la precariedad y ambivalencia que se entabla en la relación entre ética y política puede servir de resguardo ante aquellas distorsiones que, en nombre de la primera, planteen el riesgo de cercenar desde el poder del Estado los espacios de libertad”.

La aporía entre ética y política bien la define Václav Havel: “La política se va transformando en un campo de batalla entre lobbistas. Los medios trivializan los problemas graves. Con frecuencia, la democracia parece un juego virtual para consumidores, en vez de un trabajo en serio para ciudadanos serios”. Cualquier parecido con el juego de piedra, papel o tijera…

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