Esto de buscar obras literarias fundamentales para las profesiones puede ser un interesante ejercicio que podría, en próximas entregas, extenderse hacia ingenieros, contadores, abogados, músicos, deportistas, comunicadores sociales, entre otros. ¿Cuáles serían los libros que ellos deberían leer antes de ejercer su profesión?

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Hace ya algunos cuantos años -“en la noche de los tiempos”, diría un asceta- me topé con el poeta Ángel Eduardo Acevedo en los alrededores de la Facultad de Humanidades, en Mérida. Parecía estar aguardando por el inicio de alguno de sus seminarios y, al acercarme, noté que llevaba en su mano La experiencia literaria de Alfonso Reyes. Luego del respectivo saludo, y alguno que otro comentario acerca de la salud y la vida, me dijo, ya dirigiéndose hacia su clase, y como advirtiendo mi interés por el libro, que en esas breves páginas estaba todo lo que necesitaba saber un estudiante de Letras acerca de la literatura. Palabras más, palabras menos, el poeta afirmó, con una sonrisa como despedida, que me bastaba con leer aquella sola obra de Reyes para recibir el título universitario.

Esta anécdota me da pie para pensar en la posibilidad de seleccionar algunas obras, pocas, que logren condensar la esencia de toda una cultura o profesión. ¿Es esto posible? ¿Existen libros imprescindibles? Todo este asunto me hace recordar aquellas listas de libros, películas, comidas, discos o sitios turísticos que, según dicen, deberíamos leer, ver, gustar, escuchar o visitar antes de que nos alcance la muerte. Además de ser una atractiva estrategia de mercadeo, esta práctica se afirma sobre la idea de que hay obras de la cultura que resumen la existencia toda y que, con solo acercarse a ellas, bastaría para decir que hemos logrado vivir plenamente y sin desperdicio.

Algo parecido se nos muestra en la adaptación cinematográfica hecha en 1960 de la novela de ciencia ficción La máquina del tiempo de H.G. Wells. El protagonista, ya finalizando la historia, decide emprender de nuevo viaje al lejano futuro, al año 802.701, para enseñarles a los eloi -esa masa amorfa, esclavizada y pusilánime en que se convirtió la humanidad- a ser nuevamente libres, con bases sólidas de cultura y valores. Para ello, y antes de subirse en la estrafalaria máquina, el protagonista toma tres libros de su biblioteca, pues se supone que en ellos se resume todo lo que los eloi deberían saber. En la película nunca se mencionan los títulos de esos tres libros. Un acertijo del director que nos pone a elucubrar y que nos devuelve al asunto central de este artículo.

Siguiendo al poeta Acevedo, me puse a pensar acerca de cuáles serían aquellas obras literarias que todo maestro debería leer antes de ingresar al aula y con las cuales tendría suficiente para obtener una idea general de la educación. Aquí les propongo dos de ellas.

La primera creo que debería ser Emilio, o de la educación del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Impresa en 1762, esta obra es una deliciosa novela-filosófica, por llamarla de alguna manera, llena de reflexiones y máximas acerca de la mejor manera de educar a un ser humano. La obra cuenta la historia de Emilio, desde que es un recién nacido hasta su época de adultez, y cómo su maestro permanentemente lo acompaña ofreciéndole una educación basada en la libertad, en el contacto con la naturaleza, en el hacer y alejada del conocimiento meramente libresco. Esta forma de educación, según la novela, conduce a la obtención de un ser humano pleno y feliz. Esta novela será inspiración para el desarrollo de las distintas corrientes educativas modernas.

Pigmalión de George Bernard Shaw (1856-1950) es la segunda obra que todo maestro debería leer antes de morir. Publicada en 1913, es una obra de teatro que cuenta la historia de Eliza Doolitle, una pobre vendedora de flores, malhablada, de poca inteligencia y de actitudes toscas que termina siendo el tema de apuesta entre un profesor lingüista y un coronel. El profesor, llamado Higgins, afirmaba que podía convertir a cualquier persona en lo que él quisiera, sin importar los intereses y aptitudes del sujeto, solo con los métodos educativos y estímulos adecuados, así que convertiría a Eliza en una dama de alta sociedad en seis meses. Luego de una serie de enredos y desenlaces, la historia, que tiene finales distintos tanto en su versión teatral como en las cinematográficas, termina por mostrarnos la cara oculta de la educación: la de la vigilancia y la deshumanización, la del resultado por sobre los sentimientos.

Emilio y Pigmalión son los dos extremos de un abanico de posibilidades en el hecho educativo: los extremos de la libertad o el control, del interés puesto en el alumno o en el docente, de la subjetividad o el conductismo. Estas son las ideas que nos muestran las dos obras. ¡Cuánto me alegraría saber de la existencia de seminarios, círculos de lectura o charlas acerca de estos libros en las escuelas de educación del país! Creo que con ello los futuros maestros consolidarían una mayor consciencia en sus labores.

Quizás el consejo que me dio el poeta Acevedo haya sido solo una charada, un chiste que intenta denunciar lo contrario: que en realidad leemos menos de lo que deberíamos leer. Chiste o verdad, esto de buscar obras literarias fundamentales para las profesiones puede ser un interesante ejercicio que podría, en próximas entregas, extenderse hacia ingenieros, contadores, abogados, músicos, deportistas, comunicadores sociales, entre otros. ¿Cuáles serían los libros que ellos deberían leer antes de ejercer su profesión?

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- Puerta de la luz. “Es puerta de la luz un libro abierto: / entra por ella, niño, y de seguro / que para ti serán en lo futuro / Dios más visible, su poder más cierto”. Elías Calixto Pompa.

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