En revolución un preso político jamás es presunto. La presunción de inocencia es letra muerta que solo sirve como ornato constitucional, y es absolutamente irrelevante cuando alguno de la cúpula podrida ha decidido meter en chirona a quien le dé su realísima gana.

Cada preso político tiene un amo y señor, instalado ricamente en la cúpula que tiraniza a Venezuela. Sabemos quiénes son los poderosos que disponen de la vida y de la muerte de aquellos que están tras las rejas, solo porque tienen pensamiento propio, han cometido el delito de expresarlo y actuado en consecuencia. Es esta una característica esencial de los regímenes dictatoriales, donde la libertad es inexistente y sus capitostes son extremadamente sensibles. Tienen la piel de algodón, por lo que cualquier frase que les incomode puede alterar el pH de sus delicadas epidermis y generarles severas urticarias, que concluyen con encarcelaciones en ergástulas revolucionarias, que suelen ser las peores del mundo.

Si se pasa de la urticaria a la “puntada” la reacción es todavía peor, porque se activa, con brutal rapidez, toda la estructura represiva del socialismo humanista, y los condenados son recluidos en tigritos de 2x2. En los pasos previos se allana la vivienda del apuntado por el mazo o el dedo acusador. Se humilla, también, a la familia y se llevan al “elegido” como si fuera el más peligroso criminal de la comarca. Pueden pasar semanas y hasta meses para que la familia sea informada en torno al lugar de detención. Después viene el viacrucis de los permisos para las visitas, lo que es otra tortura para el preso, sus parientes y los abogados.

Cuando se trata de presos políticos el poder se organiza de manera muy eficiente. Funcionan como una banda marcial. La batuta del director marca la pauta y uno de sus movimientos activa el sistema, de acuerdo con la conveniencia del propietario de la orquesta. En este socialismo del siglo XXI el pódium del director está ubicado en un plató de TV, con cámaras y la iluminación adecuada para señalar al delincuente en cadena nacional, imputarle los delitos y ordenar que lo persigan y detengan.

En revolución un preso político jamás es presunto. La presunción de inocencia es letra muerta que solo sirve como ornato constitucional, y es absolutamente irrelevante cuando alguno de la cúpula podrida ha decidido meter en chirona a quien le dé su realísima gana. A eso se reduce la justicia socialista: al capricho, la arbitrariedad, las veleidades y la maldad del poderoso que te pone el ojo.

En revolución la vida del 95% de los ciudadanos carece de importancia, tal como lo hemos sufrido en Venezuela durante estos veinte años. Los órganos de seguridad -que también tienen sus dueños- son muchos, y su función primordial es obedecer a la elite dominante, al cumplir sin dilación las órdenes que les den. Además, la casta enchufada tiene a su disposición todo aquello que garantice su tranquilidad, protección, lujos y boato, mientras despliegan planes estratégicos para cuidar sus descomunales riquezas, que son producto de la corrupción que desangra y empobrece a los venezolanos.

Visto lo visto es sencillo concluir que en tiranía lo otro que crece de manera demencial -además de la corrupción- es lo que tiene que ver con la vigilancia, la seguridad, lo castrense, lo policial y el espionaje, cuyo objetivo esencial es el hostigamiento, la persecución, el encarcelamiento y la tortura de los señalados como enemigos. Por supuesto, los que encabezan esa lista negra son los políticos, muchos de los cuales han tenido que huir, esconderse o alojarse en embajadas para evitar que los encarcelen.

En las cárceles hay unos 600 presos políticos entre los que se encuentran 211 militares, la mayoría del Ejército. Lo cual permite inferir que puertas adentro de los cuarteles la paranoia domina la mente de los altos mandos, subalternizados y regidos por el G2 cubano con la asesoría de rusos y chinos. Todo un trio con una historia común, unido por vínculos ideológicos y dilatada experiencia en espionaje, represión, tortura y muerte de aquellos que les incomodan.

Son unos quinientos los civiles que el socialismo humanista tiene tras las rejas. A quienes el Foro Penal clasifica de la siguiente manera: los líderes políticos o sociales que representan una amenaza para la cúpula, los que forman parte de un grupo social que buscan excluir o neutralizar y los que son usados por el régimen “para sustentar una campaña o una narrativa política del poder con respecto a situaciones de trascendencia nacional”

Agridulces

Apareció William Izarra, padre de Andrés Izarra, para vociferar que hay que meter preso a Guaidó y a Borges. Simultáneamente Padrino López -que no por casualidad tiene como nombre Vladimir- grita que debe acabarse con la impunidad, lo cual significa represión y cárcel para los demócratas. Como militares solo eso se les ocurre como solución final.

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